Seguir aprendiendo

9 , mayo , 2008 at 9:34 am 3 comentarios

Sonaba el despertador a las siete menos cuarto el pasado miércoles. Lo apagaba con pereza pero seguro de no volver a dormirme luego, como tantas otras veces me pasa. Y es que el vuelo salía a las 9’25 de Madrid-Barajas destino Milán-Malpensa y, al igual que una manzana, el avión no-es-pera (juas juas juas, lo siento, no he podido evitarlo…).

Así que oí a las siete en punto cómo mi abuela me llamaba comprobando si, efectivamente, estaba ya despierto. Perezosamente le respondí, y ya me incorporaba dispuesto a hacer una buena macedonia para desayunar y endulzar una despedida que se anunciaba un tanto amarga.

Al aeropuerto desde allí, una hora clavada de viaje entre paseos hasta la boca de metro, trasbordos y demás: estaba medido y comprobado: la última vez, cuando acompañé a mi padre para cojer un vuelo hacia Tánger, tres días atrás.

Qué sensación más rara, fría, obligada, despedirse en un vagón de metro; rodeados de gente, sudor y prisas. Incluso cuando tienes un máster en despedidas de seres queridos, como es el caso, resulta algo extraño y desde luego no lo recomiendo. Tal vez las ciscunstancias también hacían que ésta no fuese a ser una despedida como otras, y el ambiente estaba enrarecido. Pero nos despedimos. Y ella se alejaba por el andén, perdiéndose entre la multitud típica de una Avenida de América a las 8 de la mañana de un miércoles cualquiera, mientras yo la seguía con la mirada. Silbato. Cierre de puertas. Suspira y recomponte, que tienes un vuelo que cojer.

Pues no. No hay vuelo.

Bueno, sí hay, pero no lo vas a cojer. Cinco minutos, la facturación cerró hace cinco minutos y cuarenta antes de la hora de despegue. Mierda. Joder. Su **^%#Ç+[** madre. Toda su **^%#Ç+[** línea genealógica. Paga el suplemento con el dinero que tu abuela te dió por tu ya lejano cumpleaños y sigue maldiciendo: sales a las 8 de la tarde.

Miles de pensamientos pasaban por mi cabeza en aquellos momentos, pero ninguno era aquel viejo y acertado refrán: “No hay mal que por bien no venga” Y de nuevo la vida me enseñó que el single de mi cabreo, si bien justificado en aquel momento (52 euros de mi desfondado bolsillo, señores), tendría una cara B que le haría sombra horas después.

Volví a verle, cuando menos se lo esperaba, y sin avisar. Y tuvimos el día tranquilo que nos había faltado, para despedirnos con buen sabor de boca: El sabor de un beso apasionado pero tierno frente al terminal del aeropuerto. El de una charla relajada entre dos amigos bajo un cielo soleado. El de saber que, al fin y al cabo, todo se resume en seguir aprendiendo.

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Entry filed under: Lecciones ¿aprendidas?, Miss you much, Normalidades.

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3 comentarios Add your own

  • 1. Abuela  |  9 , mayo , 2008 en 12:29 pm

    No me esperaba menos de mi nieto. El avión se perdió pero a cambio he podido disfrutar de tu escrito, conocerte un poco más y vivir a tu lado este último día de aeropuerto desconocido para mí. Puedo ver que hay muchas cosas bonitas en ti e intuyo que hay muchas más por venir, así que ya sabes NIETO a por ellas.

    Responder
  • 2. Enrique  |  9 , mayo , 2008 en 6:22 pm

    Muy buena entrada y muy bien escrito, con sentimiento y sin ñoñería. Me ha gustado mucho.
    Lo del retraso del avión, si fue al final por y con un buen fin, pues nada, no diremos nada.

    Responder
  • 3. quikosas  |  9 , mayo , 2008 en 7:35 pm

    Bueno bueno, gracias por las críticas. Seguimos en la brecha, y a por todo, está claro.

    Responder

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