Crónica danesa

2 , abril , 2008 at 2:23 am 3 comentarios

Lo prometido es deuda, primera parte. O de cómo, de una forma más o menos fiel, objetiva, detallada, emocionada o distante, presento aquí los sucesos que acaecieron sobre mi persona así como aquellos que busqué intencionadamente, sin esperar a que la divina providencia me los enviase, durante el viaje a Dinamarca que hice hace ya un mes. Más que nada porque luego se me olvidará todo, como siempre.

Advertencia: Me he tirado la vida escribiendo esto, y es largo, y puede que no les interese, o puede que sí. En todo caso, valórenlo y si es una castaña me lo dicen; y si no, ¡pues también!

Saludos y…¡disfruten!

Empezó todo el 27 de febrero, cuando de buena mañana agarré un avión desde el aeropuerto de Bérgamo hacia el de Billund, que queda más o menos en el centro de la Península de Jutlandia (¿alguien se acordaba del nombre?), desde donde cogí un autobús que en poco más de hora y media me dejó en Odense. Hubiese sido un viaje agradable, de no ser porque la noche anterior no sólo no dormí nada, sino que además estuvimos tirándole al calimotxo entre Florian y dos compis barcelonesas. Lo cierto es que me quedé despierto para tener tiempo de hacer la mochila y preparar algo de comer antes de salir, y porque sabía que acostarse hubiese sido peor… Pero, ¿que pasó? Venga, hagan apuestas… Pues que se me fue el santo al cielo dentro de la blogsfera y cuando miré la hora, hice la mochila en diez minutos y salí por la puerta, porque se me hacía tarde. ¿Desayuno? ¿Comida para el viaje? ¿Gamusinos? En fin…

Por cierto, tuve que esperar al bus desde las doce hasta las tres en el aeropuerto. Se deduce, pues, mi estado físico a la llegada a Odense… Y hacía viento (mucho), y hacía frío, pero la verdad es que poco me importó (una vez comido y dormido, claro). Me encontré con Vita, la amiga letona que está estudiando allí, y fuimos hasta la residencia donde vive, y donde pasaría una semana muy entretenida con un montón de gente simpática de mil países distintos a los que dudo vuelva a ver nunca más, pero que… bueno, ahí quedan. Un bonito recuerdo. Esa noche todavía saqué fuerzas para echar un partido de voleibol después del cual, morí.

Pero no tanto, porque al día siguiente (28) me levanté así como si el cansancio fuera algo que les sucede a otros y, como esta chica me abandonó vilmente para ir a la universidad, me agarré su bicicleta y me fui en busca de aventuras. Coseché unas lindas fotos y comprobé que Odense, a pesar de ser la tercera ciudad más poblada de Dinamarca, es pequeño y bello como él solo.

Hubiese sido un día genial de no ser porque el buen tiempo fue tan sólo pasajero, y a la tarde, mi anfitriona me volvió a dejar tirado al irse al cine con el grupete de la resi. Yo, que por no gastar no gasté ni en cerveza, me quedé deambulando por la residencia cual fantasma y, ya metidos en el papel, me puse a dar el porsaco a los demás cual fantasma: Toc-toc-hola-soy-Quike-¿quieressermiamigo? Con tal procedimiento me encontré con una noruega, una francesa, un español, dos españolas, un italiano… Aunque para mi desgracia ninguno quiso ser mi amigo en aquel momento y acabé echando un billar contra mí mismo en la sala de juegos. Por lo menos gané, eso sí.

Ya por la noche nos fuimos a un bareto que se las daba de australiano, pero la cerveza era danesa (y bastante mala, muy… aguada) y la música el típico pastiche de grandes éxitos pop-rock-disco remezclados con house y ritmos chunda-chunda, nada nuevo aunque podría haber sido peor, y de hecho lo fue. Justo cuando decidimos irnos, comenzó a sonar la aclamada gasolina. Buf, por los pelos. Nota: A la cerveza me invitaron, en serio que no gasté NADA en cerveza, más bien fue al contrario, pero eso viene luego.

El 29 me levanté tarde, salí a hacer una compra y comprobé lo cara que es la vida por esas latitudes (ej. bolsa de Lays: casi 3 eurapios al cambio). A la vuelta me curré unos buenos espaguetis para que mis chicas (Vita y su amiga Nastija, con la que vino a Milán unos días antes de que yo fuera para allá) comieran bien después de su dura jornada en la universidad y no me apartasen de su lado. No funcionó. Un trabajo de universidad se interpuso entre nosotros y el tiempo pésimo que hacía fuera terminó de condenarme a vagar nuevamente por pasillos y salones. Y volví a jugar solo al billar, hasta que llegaron unos lituanos que se me unieron y, a la vez, me dejaron a la altura del betún. Pero por lo menos pasé el rato…

Del 30 no recuerdo nada, es como si no hubiese existido…

El 1 de marzo, sin embargo, recuerdo haberme levantado tarde y no haber hecho nada en particular (tal vez vagar un poco) hasta por la noche. O tal vez sí, pero las lagunas de memoria ya comienzan, y de hecho es posible que alguno de los hechos estén desordenados sin yo saberlo. Es la magia de lo incierto. Recuerdo haber ido en bici con Vita y un compi a la estación a hacer un recado y luego a hacer la compra, pero poco más. Bueno el caso es que, ya por la noche, un grupo de lituanos dijo de hacer pizza a tutiplén y ahí estuvimos nosotros para pillar cacho. Se organizó un buen ambiente, previo a la fiesta que había organizada en el bar del sótano de la residencia para esa noche (sí señores, un bar en el sótano, más cerca im-po-si-ble, y allí es algo común). Antes de bajar me hice con una guitarra y curiosamente, según yo tocaba, la gente iba pensando que se hacía buena hora para ir al bar. Una vez descargados todos mis greatest hits pocos quedábamos, y decidimos que ya estaba bien, y bajamos a partir la pista de baile. Y así fue.

cimg642bis.jpgEstas muchachas se fueron a dormir a las tres (¡¡las tres!!) pero ahí quedé yo, dejando el pabellón bien alto (quita de ahí, Modesto, que me pongo yo) hasta que ya el cuerpo dijo basta. Ahí fue cuando, antes de irme, hice una batida de botellas de cerveza (vacías) y me las subí a la habitación. ¿Porqué? Luego les cuento… La foto que se ve me la hizo una chica a la que mi danza del vientre debió fascinar, porque además de ésta tengo 5 (cinco) más, hecho que dió una patada a mi ego y lo puso en órbita y desde entonces no baja el cabrón. Pero ¡qué pintas, señores! Todo el mundo arregladito, y ahí estaba yo para dar la nota, sí señor.

El domingo 2 ya había comprobado la velocidad con la que pasaba todo y, viendo que esta muchacha estaba demasiado liada como para ir conmigo a Copenhague, me agarré la bicicleta para ir a la estación a ver cómo lo hacía para irme al día siguiente y volver. Recogida la información, volví felizmente montado en la bici y escuchando música. Cuando estaba en el parque de al lado de la resi, pensé que podía hacer un poco de rally por ahí mismo y me desvié, hice un poco el cafre y seguí camino de la resi. Justo saliendo del parque, pensé que podía subir un poco por el otro lado del parque, y bajar luego. Si han visto Forrest Gump, ya saben como sigue la cosa… Después del reviente que me pegué sobre las dos ruedas (la forma física se quedó por el camino), esa noche me puse a hacer una tortilla de patatas que, gracias a los fuegos eléctricos que se gastan en la resi, tardé cosa de tres horas en hacer. Kilo y medio de patatas, tres cebollas, seis huevos y una sartén honda: ¡mi récord personal! Resultado: mis chicas (tres letonas y la noruega) más contentas que unas castañuelas y yo sacándole defectos al más puro estilo mi abuela.

El día 3 podría decir que fue El Día. Así, con mayúsculas. Me levanté tempranito, con Vita y las primeras luces del día. Desayunamos, estas muchachas fueron a la uni y yo me pillé un tren que en hora y media me dejó en Copenhague, bello Copenhague. Hacía un buen día, con unas cuantas nubes y algo de viento, pero bueno al fin y al cabo. Mi intención era, tan pronto como saliese de la estación de tren, agarrar una bicicleta pública de las que sabía que existían (le pones una moneda de 20 coronas, unos 3 euros, te la llevas donde quieres y después la dejas en otro punto similar al de donde la cojiste). Anduve buscando las susodichas bicis un buen rato, mientras comenzaba mi vuelta por la ciudad. Era muy jodido encontrar los sitios donde debían estar, porque si algo hay en abundancia en Copenhague y Dinamarca en general, son bicis. Hay un montón de bicis, más bicis que longanizas, ejércitos de bicis Efectivamente, iba viendo los lugares donde se suponía que debían estar, pero no había ni una. Al principio pensé que estaban todas cojidas, pero según avanzaba por la ciudad y no veía nada, me dije que era una idea demasiado idealista, incluso para los daneses, y que sencillamente las bicicletas las fueron robando hasta que no quedó ninguna, y el ayuntamiento pasó de reponerlas y seguir regalando bicis a los ladrones. Total, que casi iba más pendiente de encontrar una bici que de maravillarme con lo bello del lugar… Hasta que caí en la cuenta, y entonces me dije que vaffanculo y que me recorrería lo que pudiese a pié, y punto pelota.

La ruta del que improvisa

Esto fue a la mitad del recorrido, más o menos. Llegando al Kastellet (el parque con forma de estrella de cinco puntas) me encontré junto al canal, aparcada, una bicicleta cansada de vivir con dos cerrojos… y ninguno en uso. Acto seguido aparecieron en mis hombros sendos angelito y demonio, cada uno con su letanía habitual. Miré la bicicleta. Dudé. La miré de nuevo. Y la ví tan vieja, sin frenos, con pinta de no ir a ser echada de menos por nadie… Vale, va. Y en esas que comencé a pedalear y a menos de 50 metros recorridos… no puedo seguir pedaleando, algo me lo impide. ¿Eh? ¿El cordón del zapato se me ha enroscado en el pedal? ¿Pero qué…? Vale, esto tiene que ser una señal o algo así. Me paré y grité al cielo: “¡Vale! ¡Ahora la devuelvo!” Así que seguí mi vuelta por el parque, me paré a ver la afamada Sirenita, que tampoco es que sea para tanto, y después dejé la bicí donde la encontré. Las cosas del karma…

Llegué entonces sin esperarlo a una plaza grande, donde se veían unos cuantos edificios de éstos que tienen que ser Edificios Oficiales, así, también con mayúsculas y por sus cojones. Bueno, por sus cojones y por los guardas calcaditos a los de Buckingham Palace en las puertas. Y en el otro lado de la plaza, dos formaciones más de guardias con sombrero de felpudo formaban una frente a la otra, estático e impertérritos bajo la lluvia que comenzaba a caer; no con muchas ganas, pero iba cayendo a su ritmo, pausada, con pachorra. Era como si no tuviese prisa, haciendo de aperitivo y sabiendo lo que estaba por venir y yo ignoraba por completo. El frío también comenzaba a hacerse notar. ¿Éstos guardas no tienen frío? Qué frío van a tener, si llevan tapados hasta los párpados. Claro, es que el día pintaba muy bien cuando miraste por la ventana al levantarte y pensaste “¿Para qué el abrigo? ¿Para cargar con él? Paso…” En éstos pensamientos andaba sumido cuando me di cuenta que estaba mirando a unos guardas que, definitivamente, no tenían nada mejor que hacer y ahí estaban paraditos, ¿pero qué hacía yo mirando como un tonto? Claro, había unos cuantos turistas ahí parados y yo dije “¡Me apunto!” En fin, pregunté a un policía qué leches esperábamos y me explicó lo que poco después presencié: Otros tantos felpudines salieron del Edificio Oficial, unos cuantos de ellos formaban una banda de música que quedó un poco al margen, los demás se colocaron muy ordenadamente al lado del grupo que me daba la espalda, y acto seguido se recolocaron todos muy poquito a poquito, moviendo un número exagerado de articulaciones de forma extraña para, al final, desplazarse diez centímetros a la izquierda (literalmente). Eso sí, con mucho estilo todos ellos. Unas cuantas maniobras más y… ¡alehop! Todos marchando marcialmente al son de las piezas de la banda, que yo esperaba que de un momento a otro comenzase con la de “Carnaval, Caaarnavaaaaaal”, pero al final fue que no. Seguí al desfile un poco, hasta que llegué a una plaza donde ya había estado, y decidí seguir mi propio camino en busca de más aventuras y un chaquetón con guantes que cayese del cielo.

felpudos.jpg

El frío iba en aumento (y eso que al principio del día había, no lo he dicho antes, 5 graditos) y la lluvia también. Afrontaba todo ésto con unos pantalones de pana, una camiseta de manga larga de algodón, otra de manga corta encima y un jersey de lana cansado de vivir. Al menos acerté a llevar conmigo mi gorro y bufanda, que me salvaron de una hipotermia y mojarme el pelo. ¡Ah! Y mi mochila, por supuesto.

Decidí ir en busca del barrio del que me hablaron dos hombres, uno fue el conductor del autobús del aeropuerto a Odense, con el que hablé durante todo el trayecto preguntándole cosas sobre Dinamarca; un tío majo. El otro, me lo encontré justo después de dejar la bici en su sitio y bromeó diciéndome que si no la había tirado al canal. Yo no lo entendí y me comentó que él trabajaba en el mantenimiento del canal, y que una vez al año lo limpiaban y sacaban no cientos, sino miles de bicicletas. Después de soltar esto, me miró de arriba a abajo y me dijo: “Viendo cómo vas vestido, te gustará Christianshavn”.

Realmente no se referían a Christianshavn, el distrito, sino a Christiania, una comunidad aparte dentro del mismo. El barrio nació como una zona militar de defensa de la ciudad (esa forma de arco al sureste del mapa no parece muy casual, ¿verdad?) en el siglo XVII y se mantuvo activa hasta que fue abandona totalmente en 1971, momento en que fue tomada por jóvenes inevitablemente hippies con ganas de vivir de una forma distinta. Desde entonces han gozado de una especie de auto-gobierno colectivo, y han creado sus propias reglas (que caben escritas en grande, con dibujitos, en un A4).

Antes de encontrar este singular lugar, tuve que pedir asilo en un restaurante italiano (que los hay a patadas), en cuyo baño me refugié hasta que pasara la tormenta, ya que el cielo decidió caer sobre mi cabeza y la de todos los demás insensatos que paseaban por Copenhague ese día, con viento huracanado y aguanieve (mucha, MUCHA) incluídas. Me calenté un poco, lo cual no fue difícil dada mi gélida temperatura corporal, me sacudí el agua, escribí alguna tontería en mi cuadernito y salí de nuevo.

Llegué al lugar con una extraña sensación, como si estuviese buscando algo, pero sin tener ni idea de qué. Aquel lugar me había llamado ya el primer día que pisé Dinamarca, a través de la boca del conductor de autobús; y lo había vuelto a hacer ese mismo día. Aquel día me sentí perdido; perdido y solo en una ciudad que me era hostil a pesar de su belleza. Me gustaba andar exactamente por donde quería y cuando quería, yo conmigo mismo y mi circunstancia, pero la carencia de norte me hizo sentirme así de… desamparado. Mi único norte, la única pista que tenía como cierta desde un principio, era este lugar. Y sintiéndome tan desprotegido, supe, de la forma en que se saben las cosas importantes, que lo que buscaba era un lugar donde refugiarme, un lugar caliente (o al menos no tan frío) y algo que comer (porque, ésta es otra buena, en mi extra-ajustado presupuesto no había cabida ni para comprar un panecillo fuera de lo que ya había comprado en Odense, y por supuesto no me llevé comida en la mochila… yo en mi línea ¬¬’).

Así llegué al lugar: mirando asombrado cada rincón y cada edificio. Todo se veía viejo y repintado, o construido a partir de retales de aquí y de allá. Murales definitivamente psicodélicos concordaban a la perfección con un claro olor que flotaba en el ambiente cuando pasé cerca de un bar. Ya iba advartido de que allí también se podía fumar libremente, pero cuando no tienes ni para comer… Y seguí paseando con una mezcla de temor y asombro, caminando sin saber muy bien dónde me metía o de dónde salía. Llegado a una especie de patio interior, rodeado de casas, con un edificio antiguo de tres plantas en el centro, vi a un hombre que estaba recogiendo leña de un montón que almacenaba bajo una tela impermeable. Y en ese momento, lo sentí. Dudé un poco. Pero muy poco, porque sabía en qué lugar me encontraba:

“Disculpa -dije- ¿puedo ayudarte con algún trabajo que pueda hacer, a cambio de algo de comer?” Tal vez suene a chiste, pero las cosas realmente son muy sencillas, y el dinero es más prescindible de lo que habituamos a pensar… Me sentía nervioso, y realmente no lo dije tan decidido como aquí lo he escrito. Fue por esto que, antes de responderme, éste hombre me dijo “Hey, relájate, respira despacio… Estás en el lugar adecuado en el momento adecuado, así que no te preocupes”.

Y ahí comenzó todo. Una bellísima tarde en compañía de éste hombre (cuyo nombre no recuerdo) y su compañera, que llevaban en Christiania desde que se fundó hace más de 35 años, y con quienes compartí una comida que, aunque hubiera parecido escasa, bastó para mí. Fue una tarde muy intensa y no alcanzo a describir aquí todo lo que significó para mí. Tal vez, en otra ocasión. La tarde pasó entera y volví, ya de noche, a la estación donde tomé el tren de regreso. LLegué a las 12 a la residencia, donde las chicas ya se preguntaban qué había sucedido conmigo.

ilusion-arbolito2.jpgEl 4, mi último día en Dinamarca, lo dediqué a un par de cosas que tenía pendientes: Primero, fui al supermercado a llevar toooodas las botellas de cerveza que había recogido el sábado noche, para sacarme algo de pasta. Y es que, amigos, en Dinamarca te pagan por reciclar pagas por no reciclar. La cosa funciona así: muchos productos con envase (generalmente botellas, pero también otros) llevan gravada una tasa en el precio que se paga por ellos. Cuando devuelves el envase, una vez consumido el producto, ésta tasa te viene devuelta. Peeeeero, si eres un poco avispado y no muy vago, puedes sacarte algo de pasta reciclando lo que otros dejan por ahí. Así es como me saqué casi 10 euros con la tontería y pude imprimirle a Vita, en una copistería, la imagen que se ve aquí y que le regalé para que adornase su habitación.

El resto del día… no me acuerdo. Estoy dudando, y creo que fue aquí cuando nos fuimos en bici a la estación y luego a la compra en vez del otro día que he dicho… Pero a quién le importa. Lo mismo es. Al final del día sí recuerdo que estuve despidiéndome de toda la peña de la residencia, que al final me cogieron cariño y yo también a ell@s. Tal vez por la fiesta, tal vez por la pizza, la tortilla… qué más da. Y por la noche no dormí porque hubiese tenido que despertarme a las 4, porque el autobús salía a las 5 (¡¡a las cinco!!), así que mejor me quedaba despierto. Me estuve preparando unos sándwiches y dejé la mochila preparada (por una vez aprendí de mis errores pasados) y después pasé el rato en la blogsfera.

Y de este modo, el 5 salí a las 5 hacia el aeropuerto, durmiendo por el camino. Llegué, me busqué un lugar apacible… y seguí durmiendo porque el vuelo salía a las 12’30. Y cuando una señora muy maja me despertó porque no se podía dormir en donde estaba… ¡pues proseguí en busca de nuevas aventuras!

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Entry filed under: Miss you much, Mundialidades.

Se hace sabeeeeer: Yo quierooooooo

3 comentarios Add your own

  • 1. Bukette  |  2 , abril , 2008 en 7:07 am

    ¡Mucho rajar y poco jugar hacen de Quike un aburrido!

    Responder
  • 2. Enrique  |  2 , abril , 2008 en 10:11 am

    Me he quedado en el tema de la bici, que me ha parecido muy gracioso. Enhorabuena por la vuelta al blog y seguiré próximamente tus aventuras de viaje.

    Responder
  • 3. quikosas  |  2 , abril , 2008 en 11:06 am

    ¿Perdón, señor Bukette? ¿A qué se supone que tengo que jugar? Además ya lo adevertí, esto es un ejercicio de memoria…
    ¡Gracias tiazo Enrique! Seguimos leyéndonos 🙂

    Responder

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