Seguir aprendiendo
Sonaba el despertador a las siete menos cuarto el pasado miércoles. Lo apagaba con pereza pero seguro de no volver a dormirme luego, como tantas otras veces me pasa. Y es que el vuelo salía a las 9′25 de Madrid-Barajas destino Milán-Malpensa y, al igual que una manzana, el avión no-es-pera (juas juas juas, lo siento, no he podido evitarlo…).
Así que oí a las siete en punto cómo mi abuela me llamaba comprobando si, efectivamente, estaba ya despierto. Perezosamente le respondí, y ya me incorporaba dispuesto a hacer una buena macedonia para desayunar y endulzar una despedida que se anunciaba un tanto amarga.
Al aeropuerto desde allí, una hora clavada de viaje entre paseos hasta la boca de metro, trasbordos y demás: estaba medido y comprobado: la última vez, cuando acompañé a mi padre para cojer un vuelo hacia Tánger, tres días atrás.
Qué sensación más rara, fría, obligada, despedirse en un vagón de metro; rodeados de gente, sudor y prisas. Incluso cuando tienes un máster en despedidas de seres queridos, como es el caso, resulta algo extraño y desde luego no lo recomiendo. Tal vez las ciscunstancias también hacían que ésta no fuese a ser una despedida como otras, y el ambiente estaba enrarecido. Pero nos despedimos. Y ella se alejaba por el andén, perdiéndose entre la multitud típica de una Avenida de América a las 8 de la mañana de un miércoles cualquiera, mientras yo la seguía con la mirada. Silbato. Cierre de puertas. Suspira y recomponte, que tienes un vuelo que cojer.
Pues no. No hay vuelo.
Bueno, sí hay, pero no lo vas a cojer. Cinco minutos, la facturación cerró hace cinco minutos y cuarenta antes de la hora de despegue. Mierda. Joder. Su **^%#Ç+[** madre. Toda su **^%#Ç+[** línea genealógica. Paga el suplemento con el dinero que tu abuela te dió por tu ya lejano cumpleaños y sigue maldiciendo: sales a las 8 de la tarde.
Miles de pensamientos pasaban por mi cabeza en aquellos momentos, pero ninguno era aquel viejo y acertado refrán: “No hay mal que por bien no venga” Y de nuevo la vida me enseñó que el single de mi cabreo, si bien justificado en aquel momento (52 euros de mi desfondado bolsillo, señores), tendría una cara B que le haría sombra horas después.
Volví a verle, cuando menos se lo esperaba, y sin avisar. Y tuvimos el día tranquilo que nos había faltado, para despedirnos con buen sabor de boca: El sabor de un beso apasionado pero tierno frente al terminal del aeropuerto. El de una charla relajada entre dos amigos bajo un cielo soleado. El de saber que, al fin y al cabo, todo se resume en seguir aprendiendo.
3 comments 9 , Mayo , 2008


